Estamos realizando un desarrollo insostenible?

27 Sep

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Quién apostaría por un desarrollo económico insostenible? En el contexto de la conservación de la naturaleza, se ha definido el desarrollo sostenible como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas. Parece claro que la mayoría nos decantaríamos por un modelo que promueva procesos que pueden mantenerse sin aportes externos y sin agotar los recursos disponibles. La triste realidad es que, de hecho, hemos apostado por modelos insostenibles. A escala global, las actividades humanas están degradando de forma acelerada los ecosistemas naturales, contribuyendo a la destrucción de hábitat y sobreexplotando especies, todo lo cual conduce a una pérdida irreparable de la biodiversidad.

Además, sostenibilidad es otra de esas palabras que se han ido gastando con el uso. Hay que hacer algo más que decir que queremos turismo sostenible, ganadería sostenible o explotación forestal sostenible. El concepto pierde credibilidad si nos olvidamos de que se trata de un compromiso, que consiste en renunciar a obtener beneficios a corto plazo para que el sistema siga funcionando para las siguientes generaciones. Así, cuando alguien afirma que determinado recurso natural está desaprovechado, por ejemplo, que los bosques asturianos apenas están explotados, habría que preguntarse ¿qué nivel de explotación sería sostenible? Claro que, para ello, es importante pensar más allá del volumen maderable o de los miles de euros que van a obtener los que realicen la explotación. A esto habría que contraponer los servicios que un ecosistema mejor conservado (con un nivel menor de explotación) proporciona al conjunto de la sociedad, por ejemplo, retener agua y evitar inundaciones catastróficas. Es probable que un aumento en la intensidad de la explotación de estos ecosistemas sea en realidad insostenible. El hecho de que especies como el urogallo estén al borde de la extinción podría estar indicando que, en realidad, el nivel de explotación actual ya rebasa los límites de lo sostenible.

En abril de este año, «Frontiers in Ecology and the Environment», una de las revistas de la Ecological Society of America, publicó un artículo sobre los cambios sociales y de actitud necesarios para avanzar hacia una economía sostenible teniendo en cuenta tres elementos inseparables: naturaleza, sociedad y economía. Los autores parten de la premisa de que el avance de las ciencias sociales permite abordar un cambio en el comportamiento humano en el sentido de la sostenibilidad. Algo que no era posible hace unas pocas décadas porque faltaban esos conocimientos.

El análisis propone una serie de prioridades que van desde la reforma de las instituciones hasta la reducción del consumo y del crecimiento poblacional. Un aspecto clave de las propuestas es la transformación de las instituciones para estimular la participación de los ciudadanos. En concreto, instituciones de la sociedad civil como ONG, fundaciones o comunidades tendrían que actuar como conexión entre los ciudadanos y los gobiernos. Así, se ha demostrado que cuando la sociedad en general, y no sólo los directamente afectados por ciertas medidas, participa en la toma de decisiones, se genera una visión menos individualista y un cambio de actitud respecto del uso de los recursos.

El consumo y el crecimiento de la población humana (acabamos de rebasar la barrera de los siete mil millones de personas) son dos de los principales causantes de la degradación de los ecosistemas y de la pérdida de biodiversidad. El desmedido consumo per cápita en los países ricos es el principal obstáculo para una economía sostenible. Y aunque es relativamente fácil incentivar cambios en las dinámicas de consumo, los autores del citado estudio reconocen las dificultades éticas de tomar medidas para promover una reducción en el tamaño de la población. En algunos países, la mejora de la educación, sobre todo de las mujeres, combinada con el acceso a planificación familiar, ha conseguido reducir la natalidad, lo cual se traduce en una menor mortalidad infantil y un aumento en la calidad de vida de las comunidades más pobres. Desde luego que son pasos en la dirección adecuada. En el otro extremo están los países con economías en transición en los que el consumo por persona empieza a dispararse, mientras que las tasas de crecimiento poblacional siguen siendo elevadas, lo cual multiplica el impacto sobre los ecosistemas.

Como dice Caroline Spelman, la ministra inglesa de Medio Ambiente, somos la primera generación de la historia de la humanidad que puede dejar a sus hijos un planeta mejor conservado que el que recibieron de sus padres. Tenemos los conocimientos y los medios, ahora sólo nos falta decidir que queremos vivir de manera sostenible y que estamos dispuestos a afrontar el cambio social que ello requiere.

ALFREDO F. OJANGUREN | PROFESOR DE CONSERVACIÓN Y BIODIVERSIDAD EN LA UNIVERSIDAD DE ST. ANDREWS EN ESCOCIA

http://www.lne.es/opinion/2012/08/19/sostenible/1286605.html 

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